Lo que el viento no se llevó

by Cristina Pérez-Cordón, Ph. D

De todos es conocida la frase “las palabras se las lleva el viento”, pero nada hay más lejos de la realidad. Hay frases que han cambiado el rumbo de la historia, como la célebre I have a dream (tengo un sueño), pronunciada por el activista Martin Luther King (1929-1968)  en agosto del 63 al terminar la manifestación de Washington por el trabajo y la libertad. Otras han sido el eje de una forma de vida, como la frase “sé el cambio que quieres ver en el mundo” del abogado, político y pensador indio Mahatma Gandhi (1869-1948). Algunas son una poderosa forma de motivación, como el famoso No pain no gain (sin esfuerzo no hay resultados) que acuñó Benjamin Franklin (1706-1790) y popularizó Jane Fonda (1937-) en sus ejercicios aeróbicos en los 80, aunque en realidad el concepto aparece expresado con otras palabras ya en textos de la antigüedad. Parece claro, pues, que las palabras permanecen con todo su peso, e impregnan el ambiente, causando un efecto de mayor o menor dimensión en aquellos que las reciben.

¿Cómo te llamas?

Uno de los ejemplos más claros de la importancia de las palabras reside en los nombres. Desde el minuto uno de nuestras vidas, o incluso antes de nacer, ya se nos asigna una identidad a través de un nombre propio, una palabra que nos acompañará el resto de nuestra vida y que tendrá una influencia en nuestro entorno.

Según apuntan varios estudios, la palabra que más nos gusta escuchar es nuestro nombre, y el hecho de que alguien lo diga, despierta de manera natural sentimientos de calidez, agradecimiento y empatía. Como explica Sarah Romero, periodista especializada en divulgación de ciencia y tecnología en su artículo ¿Qué pasa en tu cerebro cuando alguien dice tu nombre?, cuando escuchamos nuestro nombre se activan zonas cerebrales comparables a las que se ponen en marcha cuando realizamos actividades de autorrepresentación como reconocer nuestra imagen en un espejo y describir cómo somos o cómo nos sentimos. Estas zonas cerebrales, cuando no realizamos actividades de este tipo, permanecen silenciadas.

El impacto de escuchar nuestro nombre es tan fuerte que, según algunos estudios científicos y su “teoría del egocentrismo implícito”, somos más propensos a comprar algo si la persona que lo vende comparte alguna inicial o sonido de nuestro nombre. Incluso algunos estudios mantienen que la gente es más propensa a casarse con alguien cuyo nombre empieza por la misma letra que el tuyo. Aún más: incluso pacientes en estado vegetativo persistente (no pueden moverse, ni hablar, ni identificar a otros ni muchas veces abrir los ojos) demostraron una breve activación cerebral al escuchar sus nombres.

No es casual, por tanto, que una de las maneras de minar a una persona sea despojándola de su nombre. Recordemos, si no, lo mucho que nos molesta sentirnos como un número más cuando formamos parte de una lista, o peor aún, la práctica de asignar un código numérico a las personas presas en los campos de concentración.

Name

Imagen obtenida de IG: @yo_runer (Tw: @duceser1, fbk: @yoruner)

 

Excentricidades

En muchos países la ley regula qué nombres pueden otorgarse a los hijos. Hoy en día, por ejemplo, Salvador Dalí no habría llevado el nombre de su difunto hermano mayor, algo que le marcó de por vida, ya que esta práctica no está actualmente permitida en España. Sin embargo, en algunos rincones del planeta no hay regulación alguna o simplemente sus leyes son diferentes. Así, en los últimos meses se han puesto nombres como “Covid Marie”, “Corona”, “Sanitiser” (desinfectante en inglés) o “Lockdown” (confinamiento en inglés) a bebés nacidos durante la pandemia. En palabras de sus padres, decidieron elegir estos nombres para recordar que el coronavirus no solo les trajo sufrimientos, sino también bendiciones.

¿Excéntrico? Bueno, prueba a pronunciar el nombre que el empresario Elon Musk y su pareja, la cantante canadiense Grimes le han dado a su hijo: X Æ A-Xii. O lo que es más interesante aún, tuvieron que cambiar el nombre inicialmente elegido (X Æ A-X12) porque según la guía de registros de nacimientos de California, los nombres no pueden contener caracteres numéricos ni marcas diacríticas como la ç o la ñ. Esto nos lleva a plantearnos que nombres como Begoña o François(e) no estarían permitidos en este estado…pero X Æ A-Xii sí. No deja de ser, en el fondo, una señal de miopía cultural.

La injusticia del CV “blanqueado”

Está demostrado que el nombre de las personas puede tener un impacto en aspectos personales importantes como la búsqueda de trabajo, con quién nos casamos o emparejamos o dónde vivimos. Pero no es el único elemento: también los datos que asociamos con determinadas características raciales tienen un enorme peso. Según un artículo publicado por Harvard Business School en 2017, algunas personas en EE.UU. deciden “blanquear sus CV” con la esperanza de tener mejores y mayores oportunidades de empleo. Esta práctica consiste en no mencionar información que revele que la persona no es blanca.

El mero nombre de la estrategia es un triste reflejo de la sociedad en la que vivimos y pone una vez más de relieve la desigualdad que nos rodea. Desigualdad que puede producir apatía (“eso a mí no me afecta”) o puede pasar desapercibida si la persona no hace el esfuerzo de observar más allá de su propia realidad. Según el artículo, el 25% de los candidatos de raza negra que blanquearon su CV fue seleccionado, frente al 10% que no lo hizo. Entre los asiáticos, el porcentaje es de 21% para los CV blanqueados y del 11.5% para aquellos con referencias raciales. Además, numerosos estudios demuestran que los candidatos con nombres que no son típicos en personas de raza blanca tienen menos probabilidades de ser llamados para una entrevista de trabajo que aquellos que sí los tienen. Y aquello de “típico” y “blanco” hay que cogerlo con pinzas porque como muchas cosas en la vida, es algo subjetivo. Decir que tu lengua materna es el español o que te llamas Juan Pérez, no es igual de “blanco” ni despierta las misma reacciones en EE.UU. que en España, aunque la persona sea exactamente la misma.

Más allá de las personas

Pero no solo los nombres de las personas tienen consecuencias, también otro tipo de denominaciones, como los nombres de las enfermedades. Como explicó la periodista científica Laura Spinney en el programa “Word of mouth” (Boca a boca), de Radio 4 de la BBC, “es muy difícil hablar de algo que no tiene un nombre y aún más difícil combatirlo. Una vez que le has puesto un nombre puedes hablar sobre él, discutir sobre posibles soluciones, adoptar o rechazar esas soluciones, transmitir un mensaje de salud pública y pedir que la gente la cumpla”.

Así, el hecho de referirse al coronavirus como “el virus chino” fue uno de los errores más graves que muchas personas cometieron (y siguen cometiendo). Para empezar, esas palabras no representan la naturaleza global de la pandemia, además de abrir la puerta al racismo y la estigmatización de un grupo de personas que se extiende, fruto de la ignorancia, a todas aquellas personas con rasgos asiáticos.

El hecho de nombrar las enfermedades de manera no apropiada no es un fenómeno nuevo. Recordemos la llamada “gripe española” de 1918 (que, por cierto, no se originó en España sino en Francia), el Zika (nombrado así a partir de una región de Uganda), el Ébola (a partir del río que lleva el mismo nombre en la República Democrática del Congo), la enfermedad de Chagas (por el médico brasileño que la descubrió, Carlos Chagas) o la gripe porcina, por nombrar algunos ejemplos.

Respecto a este último, hubo dramáticas consecuencias. Por ejemplo, en Egipto tomaron la terrible decisión de sacrificar a todos los cerdos, unos 300.000 en total, criados principalmente por los coptos, una minoría cristiana dentro del país. Ya la entonces comisaria europea de sanidad Androulla Vassiliou tuvo que lanzar una campaña antidiscriminación del porcino, ya que “hay que cuidar los nombres porque pueden tener importantes consecuencias económicas”. Me sobra la última palabra, eso sí, porque yo no como carne ni mido a los animales por su valor económico.

La Organización Mundial de la Salud publicó en Mayo de 2015 una serie de recomendaciones (“prácticas óptimas”) para nombrar adecuadamente las nuevas enfermedades infecciosas en humanos. Entre otros consejos, mencionan explícitamente aquellas prácticas que se deben evitar:

– Nombres que hagan referencias a localizaciones geográficas (ciudades, regiones, continentes, países, …).

– Nombres de personas.

– Especies de animales o de comida.

– Referencias culturales, profesionales, industriales.

– Términos que infundan miedo de manera indebida (“grave” es preferible a “mortífero”, “nuevo” es preferible a “desconocido”, …)

El objetivo es, precisamente, combatir denominaciones que puedan causar un impacto negativo en una cultura, sociedad, nación, región o grupo étnico o profesional (estas recomendaciones no sustituyen la denominación final, que se puede consultar en la Clasificación Internacional de Enfermedades, ICD, por sus siglas en inglés). En este sentido, “coronavirus” o “COVID-19” sí cumpliría con estas recomendaciones.

La gran conclusión que yo saco es que debemos ser cautelosos a la hora de nombrar y a la hora de escuchar nombres. Reflexionemos y, si es necesario graduarse las gafas para corregir la miopía cultural y social, adelante, hagámoslo: vale la pena.

Fuentes consultadas

https://www.muyinteresante.es/curiosidades/preguntas-respuestas/ique-pasa-en-tu-cerebro-cuando-alguien-dice-tu-nombre

https://www.bbc.com/mundo/noticias-45909535

https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/163636/WHO_HSE_FOS_15.1_eng.pdf

https://hbswk.hbs.edu/item/minorities-who-whiten-job-resumes-get-more-interviews

https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/163636/WHO_HSE_FOS_15.1_eng.pdf

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