El desacuerdo, ese gran incomprendido

Cristina Pérez-Cordón, Ph. D

El día que el desacuerdo salvó miles de vidas

La doctora inglesa Alice Steward (1906-2002) fue una de las científicas más influyentes del siglo XX. En los años cincuenta, comenzó a estudiar el aumento en los casos de cáncer dentro de la población infantil. Además de su interés en el tema como profesional de la medicina, tenía también una motivación personal, ya que su ahijada había muerto por leucemia algunos años atrás cuando tan solo tenía cinco años.

Imagen obtenida de https://history.rcplondon.ac.uk/blog/alice-stewart-and-link-between-foetal-x-rays-and-childhood-cancer

La doctora Steward estaba particularmente interesada en saber si había una correlación directa entre el cáncer infantil y el uso de rayos X. El tema no era precisamente popular y no encontró muchos apoyos por parte de casi nadie. De hecho, recibió una beca prácticamente insignificante para poder llevar a cabo su investigación. Ella, sin embargo, lejos de abandonar, decidió armarla con un particular método de trabajo: le pidió al estadístico George Kneale que trabajara con ella y que, activamente, intentase buscar el desacuerdo, que pusiera en tela de juicio absolutamente todas sus conclusiones, que intentase por todos los medios desbaratar sus argumentos y demostrar que estaba equivocada. Kneale, además, era la persona ideal para hacer esto, ya que sus personalidades eran totalmente opuestas. Él era introvertido y ella sociable, cariñosa y empática. Él prefería los números y la soledad, ella a las personas y la compañía.

Y así es como estas dos personas tan radicalmente diferentes comenzaron a trabajar usando el método del desacuerdo, un modelo de trabajo colaborativo cuando menos valiente. Ella le pasaba sus datos, sus modelos, sus estadísticas, y él hacía todo lo posible por buscar errores que invalidaran sus conclusiones. ¿Por qué? Porque los dos estaban de acuerdo en que si Kneale era finalmente incapaz de probar que la doctora Steward estaba equivocada, eso le daría a ella la suficiente confianza como para saber que iba por el buen camino en sus investigaciones.

A través de este método fueron capaces de demostrar que, efectivamente, dentro del grupo de niños enfermos de cáncer que formaban parte de su estudio, la mitad de ellos tenía una cosa en común: a sus madres les habían hecho radiografías durante el embarazo. Esta importante conclusión se materializó en un artículo titulado ‘A survey of childhood malignancies’, publicado en 1958 en el prestigioso British Medical Journal.

La primera reacción a dicho artículo fue de escepticismo y de rechazo. En primer lugar, la máquina de rayos X, relativamente nueva aún, se presentaba como una diosa salvadora. Se utilizaba regularmente para ver la posición del feto en madres embarazadas, además de otros usos médicos como por ejemplo el tratamiento del acné. En segundo lugar, se estaba poniendo en tela de juicio la infalibilidad de los doctores y su buen hacer. Y en tercer lugar, todo esto lo estaba haciendo nada menos que una mujer. Esto provocó que la popularidad de Alice Steward cayera en picado: jamás volvería a recibir una beca y, poco a poco, fue dejada de lado por el resto de compañeros de profesión.

Lamentablemente, se siguieron haciendo radiografías a mujeres embarazadas: la industria médica estadounidense y británica no estaba dispuesta a aceptar ningún tipo de desacuerdo. De hecho, tardaron 25 años más en abandonar esta práctica.

La dificultad de aceptar el desacuerdo y los sesgos cognitivos

Todos los seres humanos, en mayor o menor grado, tenemos ciertos sesgos cognitivos. Un sesgo cognitivo es, explicado de forma muy simple, un prejuicio inconsciente que nos lleva a interpretar el mundo (lo que vemos, lo que escuchamos, lo que sentimos,…) de forma subjetiva y selectiva. Los sesgos cognitivos nos pueden llevar a juicios inexactos, a interpretaciones ilógicas o irracionales.

Uno de los experimentos más conocidos en este sentido es el “efecto Bouba-Kiki”. Fue detectado en 1929 por el psicólogo estonio Wolfgang Köhler (1887-1967). En un experimento en Tenerife (España), el académico mostró esta imagen a un grupo de gente:

Imagen obtenida de https://es.wikipedia.org/wiki/Sesgo_cognitivo

A continuación, les preguntó cuál de estas figuras se llamaba “takete” y cuál “baluba”. La inmensa mayoría vinculó la forma puntiaguda con el nombre “takete”, y la forma redondeada con el nombre “baluba”. En el año 2001, el neurocientífico indio-estadounidense V. Ramachandran (1951) repitió el experimento usando los nombres “kiki” y “bouba”, obteniendo el mismo resultado: kiki para la forma puntiaguda y bouba para la forma redondeada. Llamar “bouba” a la forma redondeada podría sugerir que este sesgo nace de la forma que toma nuestra boca cuando pronunciamos la palabra, que es más redondeada, mientras que empleamos una pronunciación más tensa y angular  para el sonido “kiki”. Eso supuso una base experimental para comprender que el cerebro humano extrae propiedades en abstracto de formas y sonidos más allá de los vínculos aparentemente racionales.

Hay muchos tipos de sesgos cognitivos. Uno de los más conocidos y que mejor ayuda a entender el concepto es el “sesgo de confirmación”, que consiste en la tendencia a averiguar o dar más importancia a la información que confirma nuestras creencias. Esto es lo que sucede cuando, de manera automática, solo leemos los periódicos y vemos los canales de televisión que concuerdan con nuestras ideas.

Otro de los más conocidos es el “sesgo de falso consenso”, que consiste en la tendencia a creer que las propias opiniones, creencias, valores y hábitos están más extendidos entre las otras personas de lo que realmente lo están. En otras palabras, la tendencia a pensar que el resto de la gente comparte nuestras ideas, cuando en realidad, no necesariamente es así.

Otro ejemplo de sesgo cognitivo muy extendido es el “sesgo de deseabilidad social”, que consiste en decir lo socialmente aceptado en vez de expresar lo que verdaderamente opinamos. Generalmente nace de la necesidad de sentir la aprobación social, de querer caer bien a la gente, aunque a veces puede haber otros motivos (económicos, políticos, etc).

Si volvemos a la cuestión de las radiografías en las mujeres embarazadas, vemos que estos tres sesgos jugaron un papel clave a la hora de impedir esta práctica. Por un lado, la industria médica dio menos importancia a las averiguaciones de la doctora Steward porque no confirmaba sus creencias; por otro lado, dieron por hecho que el resto del colectivo médico compartía su postura; y, finalmente, no quisieron decir que ese nuevo invento que tanto adoraba la sociedad tenía efectos tan dañinos en los fetos, ya que no era lo que la gente quería oír.

Cómo vencer la dificultad del desacuerdo

Hay una tendencia generalizada a identificar el desacuerdo como algo negativo cuando, en realidad, debería ser nuestro mejor aliado. Parte del problema reside en que siempre nos han enseñado que debemos ser más asertivos, que tenemos que saber defender nuestras ideas y, si puede ser, evitar el conflicto. Sin embargo, esta postura plantea dos problemas de base. Por un lado, no permite a la persona desarrollar las herramientas necesarias para gestionar el desacuerdo y, por otro, desencadena un efecto condenatorio hacia el desacuerdo (“no me gusta que no opines como yo”).

El primer paso para subsanarlo comienza por comprender que el desacuerdo es algo sano, natural e inevitable. Es, de hecho, algo positivo si se sabe manejar correctamente. Precisamente, gracias al desacuerdo, la sociedad ha podido evolucionar, avanzar y mejorar en muchos aspectos. El segundo paso consiste en escuchar a la otra persona sin dar por hecho que no tiene razón, o que la tenemos nosotros. Si ambas partes son capaces de hacer esto, se estarán librando del llamado “sesgo de certeza” o la tendencia a mostrar un exceso de confianza en tus ideas, a creer que siempre tienes la razón. El tercer y último gran paso consiste en ser capaces de integrar el desacuerdo en la comunicación para construir el llamado “conflicto positivo”, y verlo como una oportunidad de diálogo más que como una amenaza. De este modo, el objetivo de la comunicación entre las personas en desacuerdo ya no será convencer al otro, sino buscar acuerdo, que es algo muy distinto.

Conclusión

La clave está en comprender que las personas no necesitan tener las mismas ideas, solo necesitan tener el mismo respeto (siempre y cuando, claro está, dichas ideas no atenten contra los derechos humanos). Todos tenemos sesgos, y todos tenemos puntos ciegos que nos hacen interpretar la realidad de manera diferente. Nuestras vivencias y nuestras circunstancias personales son el cristal de la ventana a través de la cual miramos. Esa ventana que nos resulta cómoda, que nos reafirma y nos reconforta. El día que nos atrevamos a mirar por esa otra ventana que otra persona diferente a nosotros nos muestra, ese día habremos iniciado el camino a la integración sana del desacuerdo como un elemento más de la comunicación, y comprenderemos que el desacuerdo no debilita tu postura sino que fortalece tu conocimiento así como la inteligencia colectiva.

Fuentes:

IG @Pictoline, publicación del 16 de junio y del 2 de julio

https://history.rcplondon.ac.uk/blog/alice-stewart-and-link-between-foetal-x-rays-and-childhood-cancer

https://history.rcplondon.ac.uk/inspiring-physicians/alice-mary-stewart

https://es.wikipedia.org/wiki/Sesgo_cognitivo

www.elciudadano.com

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